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El DF impresiona. No hay palabras para expresar su gigantesco tamaño, su constante ajetreo, su movimiento y su luz. Esa extraña luz que se produce al pasar los rayos del sol por el tamiz del humo de tanto carro, pero mágico, muy mágico.

La magia nos acompañó desde el minuto uno. Por arte de magia nos desapareció el dinero que nos daba la productora para dietas, (rodaba un anuncio de Mac Donalds con lo que nos dieron paquetes de patatas fritas), la magia de la luz diurna, y la de la nocturna, la magia de un terremoto que sacudió dulcemente la urbe y sacó despacito el agua de la piscina, la magia del culo inquieto de mi amigo Flabio y un amigo suyo que no recuerdo el nombre, la de Aurora agarradísima a su bolso desde aquel minuto uno, la magia de Frida Kalo, la del Habita, la de los mejicanos del equipo, en fin, que con trabajo uno tiene estrés y esas cosas y no se disfruta de nada, pero con la distancia y las fotos se recuerda de otra manera. Sobre todo con las fotos, que ya no recuerdo si los sitios eran así de chulos o la Ricoh Gr1 lo fotografía todo bonito. O las dos cosas. Si quieres ver las fotos ¡Dele no más wey! 

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